Canción de Hielo y Fuego · Lord Rhaemon Targaryen
El principe que sueña.
Relato de los sucesos del reino, escrito de mi propia mano, para conocimiento de quien corresponda.
Dejo constancia, en estas páginas y de mi propia mano, de los sucesos que han sacudido el reino. Pasados cuatro años de una paz solo aparente, y a raíz de los hechos recientes, considero necesario que su relato no quede en boca ajena. La historia siempre la escribe alguien; es justo que, en esta ocasión, la escriba quien la vivió.
Quien lea estas líneas hará bien en recordar su lugar. Han sido redactadas con mesura, con respeto a la corona y con el debido sentido de la ocasión. Cuanto aquí se afirma está dicho con prudencia, y cuanto se omite, omitido está con intención. Quien se atreva a alterar una sola de ellas se arrepentirá de haber nacido.
Una fórmula de cortesía, claro está.
Me presento, pues, como lo que soy ante el reino: un príncipe leal, obediente a su hermano el rey, servidor de la corona y del orden. Inclino la cabeza cuando corresponde. Sonrío cuando corresponde. Mi conducta ha sido siempre ejemplar y puede ser verificada por cuantos me conocen.
Se me ha dicho en ocasiones que carezco de sensibilidad. Es falso: siento con rigor y con la medida debida. Tengo, además, buena memoria. Recuerdo a quienes me sirven, y recuerdo, con idéntica precisión, a quienes no. Cuido de los míos, como corresponde a un hombre de bien, porque lo que me pertenece se protege.
No pretendo que estas páginas sean imparciales. Un hombre que tanto ha hecho por el reino tiene derecho a que se le recuerde conforme a sus méritos.
Transcurrieron cuatro años desde la caída de la Triarquía y no los dejé pasar en vano. Quien aspira a servir bien al reino debe procurar mantenerse tres pasos por delante de sus enemigos. Con ese fin emprendí un modesto negocio: solicité algunos «préstamos» y formé una flota pesquera, con miras a ampliar mis empresas en el futuro.
Para ello alcancé un acuerdo con cierto caballero a quien el vulgo llama el Patizambo. Mi flota fue destruida en su primer viaje por un dragón, circunstancia lamentable. Dicho caballero tuvo a bien ofrecerse a cubrir el vacío que aquello dejó, gesto que agradecí en público.
No me fío ni un carajo de ese cojo de mierda.
Por supuesto que no tengo pruebas. Pero qué conveniente, qué jodidamente conveniente, que mi ruina fuera su oportunidad, y que ese cojo hijo de puta nunca pierda. Alguna traición esconde, lo huelo, y el día que se pruebe, su cabeza será la primera en rodar.
Ruego al lector disculpar la vehemencia de la pluma. Un hombre justo se indigna con facilidad ante la injusticia.
La memoria, en cualquier caso, es una virtud. Hay quien perdona para dormir mejor; yo prefiero recordar. Guardo cada agravio con el mismo cuidado con que otros guardan su hacienda. El caballero en cuestión haría bien en no suponer que el tiempo salda las deudas.
Su Majestad Viserys, mi padre, falleció tras una larga vida y un reinado próspero. El suscrito lloró su muerte, como era debido, y guardó el luto con la compostura que su memoria merece.
Aunque uno no puede dejar de pensar con cierta irritabilidad que un rey tan blando me dejara una corona repartida entre manos que no la merecen. Era mi padre, y lo tenía por mío, y se fue sin pedirme permiso.
He de decir, con todo respeto, que Su Majestad nunca fue hombre inclinado a la política. Este juego, que todos jugamos, no era su prioridad, y ello se hizo notar. Con todo, quiero ver el lado favorable: de no ser por él, yo no estaría aquí.
Un rey debe estar presente y hacer cumplir su mandato por sí mismo. Así lo demuestran los más grandes: Aegon el Conquistador, que tomó lo que siempre fue suyo; Maegor, cruel, sin duda, pero que supo tratar a sus enemigos como merecían; y Jaehaerys, que en sus últimos años envejeció y se debilitó, pero que en su juventud fue el mejor rey que Poniente haya conocido, de palabra elocuente y diestro con la espada.
Sobre los hombros de esos gigantes nos erguimos hoy, y formulo el voto, con humildad, de llegar a ser pronto mayor que ellos.
No quiero estar a su altura. Quiero que se les recuerde como los que prepararon el camino hacia mí.
Pero bien está. Volvamos al asunto.
Tras la muerte del rey fue coronado mi hermano, Aegon II, y se nos ordenó recorrer el reino para recabar el juramento de los Siete Reinos. Me acompañó la princesa Aelys, cuya actitud hacia mí ha sido siempre algo distante, circunstancia que no acierto a explicar. Tengo entendido que la señora Rhaenyra, a quien muchos llaman, con razón, usurpadora, le ha llenado la cabeza de veneno, tal como me advirtió Khaetlys en su momento. De ella, por supuesto, hablaré a su debido tiempo.
En cuanto a Aelys, su distancia no me enfurece; solo me confunde. No sé qué ve en mí que no ve en los demás, ni qué le habré hecho para merecerla. Con Daeron los caminos nunca pesaban así, pero hace mucho que no lo veo, y a este viaje me tocó ir con ella.
Nos dirigimos al Norte a negociar con lord Cregan Stark. Daenyra había proclamado que no se dejarían matar, cuando lo único que deseamos es conservar la paz del rey.
Mentiras. Intento aprovecharse de la nobleza de Lord Cregan mandandole correspndencia llena de mentiras, un sucio subterfugio, y a su debido tiempo también pagará el precio de su traición. Todos lo pagan.
Perdón. Decía que lord Cregan atendió a razones. Comprendió que había cumplido su juramento con mi padre y que ahora debía hincar la rodilla ante Aegon. Y así lo hizo, sin una espada desenvainada y sin una gota de sangre: un tablero entero movido con palabras.
Esa es la clase de victoria que más me complace. Que el Norte jurara no fue obra de mi hermano, ni de su corona, ni de su dragón. Fue obra mía, aunque no consta en parte alguna, y habrá que corregirlo.
Antes de regresar a Desembarco del Rey nos aguardaba un dragón de gran tamaño y color oscuro, idéntico en todo al que había visto en un sueño.
Morghulion, mi dragón, siempre ha tenido ese inconveniente: nunca se ajustó a lo que yo soñaba. Este otro, en cambio, despertó en mí una impresión singular. Sentí que se me parecía, que era tan oscuro y tan hambriento como yo mismo. Dejo constancia de ello con toda sinceridad.
Morghulion es mi corazón, y todo dragón es el corazón de su jinete. Fue siempre pequeño, mi pequeñin. Cuando salió del huevo era aún más frágil de lo que fui yo en mi niñez, y se burlaron de él.
Se burlaron de él. De los dos. Yo recuerdo cada risa, cada mirada de lástima, cada boca que dijo que no llegaríamos a nada. Las recuerdo todas, una por una, con nombre y apellido.
Hoy mi dragón es fuerte, no cabe duda. Pero para la guerra que otros han iniciado, tal vez no sea suficiente.
Admito que tengo dudas, y no me complace tenerlas. Las dudas son para los hombres sin sueño, y yo tengo uno. Mi sueño me acompaña a todas partes, incluso dormido. Solo una vez se calló, durante un tiempo, y fue cuando andaba con Daeron. A su lado yo no contaba pasos ni medía a nadie, y la oscuridad no tenía voz. Hace mucho que no lo veo, y es curioso cuánto lo noto ahora que el dragón oscuro ha vuelto a hablarme.